
Ecuador, años setenta.
Polibio Mayorga, un acordeonista llegado desde los Andes a Quito, entra en los estudios de IFESA y empieza a hacer algo raro: coge ritmos tradicionales ecuatorianos —el sanjuanito, el albazo, la bomba, el huayno— y los cruza con cumbia, sintetizadores baratos, órganos y cajas de ritmos.